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lunes, 12 de marzo de 2012

La historia de un joven prodigio ilustra cómo Barcelona seduce a los emprendedores


El gran ventanal de las oficinas centrales de Fever muestra el trasiego de la barcelonesa avenida Diagonal. La empresa nació hace apenas seis meses. Pep Gómez, su director general, tiene diecinueve años. Y el diseñador más joven de la empresa, diecisiete. Dicen que este es un gran lugar para empezar. En la sala de reuniones de Fever se desparraman descomunales puffs de colores chillones. Aún no le han traído una reproducción de su logotipo en condiciones. En un rincón de la sala se enredan los cables de los mandos de las videoconsolas.
La pantalla gigante para las presentaciones también magnifica el tamaño de los pixelados jugadores de la última versión del videojuego FIFA Soccer. Junto a la cafetera y la máquina expendedora de vasos de agua están dos botes de Nesquik de tamaño familiar. Gómez tardó cien días en reunir un millón y pico de euros, el capital inicial de Fever, un dinero que procede exclusivamente de inversores privados, de gente convencida en el tiempo en que tardan en volver a abrirse las puertas del ascensor.
"Es que ya llevaba cerca de dos años trabajando en San Francisco –explica Gómez a toda velocidad–, como asesor de Bernardo Hernández, el vicepresidente de marketing de Google, y llevando Solon, un fondo de inversión de capital riesgo de compañías tecnológicas... y le dije: 'Bernardo, yo quiero montar mi propia empresa'. Y quería hacerlo en Barcelona. La sede financiera de la compañía la tenemos en Nueva York. Pero el headquarter tenía que estar aquí, en Barcelona. Porque Barcelona será un gran hub tecnológico. Ya lo es. El nuevo eje tecnológico será San Francisco-Barcelona-Israel. Aquí está el futuro, porque la gente sabe adaptarse, cambiar... porque esta ciudad es...".
La historia arranca un lustro atrás. En Castellón de la Plana. Pep tiene entonces 14 años. Saca unas notas excelentes y lee mucho, todo lo que cae en sus manos y sus pantallas. Aprende constantemente. En sus ratos libres, entre clase y clase, con unos amigos diseña una suerte de Twitter para empresas. Por hacer algo nuevo. Por diversión.
"Pero Mewid, la compañía que montamos, no sale adelante... la parte estrictamente empresarial se nos tuerce. La segunda, Redondea, sí que consigue inversores privados. Era una web para que los músicos organizaran sus giras sin mánagers ni intermediarios. Lo que pasó fue que...".
En aquella época Pep también monta encuentros de aficionados a las nuevas tecnologías, debates, conferencias... Son una veintena de amigos inquietos en la ciudad, y millones que se multiplicaban por todo el mundo a través de la red. El mundo en sus manos.
Además, tenía un programa de radio y componía jingles publicitarios. Y toca la guitarra, el bajo, la batería y el piano. Les gustan Els Pets, Els Amics de les Arts, La Casa Azul, The Beach Boys, The Beatles... El vicepresidente de marketing de Google lo fichó tras concluir su charla. Un día después de hacer los exámenes de selectividad, Pep despegó con destino a San Francisco.
"Allí conocí a un montón de gente de Barcelona y me di cuenta de que este era el lugar –a la lengua de Pep le cuesta seguir el trepidante ritmo que impone su cerebro–... De hecho, buena parte de nuestra docena de ingenieros son barceloneses que conocí en San Francisco, gente espabilada que se mueve por el mundo en busca de una oportunidad. Y al final confluimos aquí. Y también tenemos gente de la ciudad que antes cobraba más en otros lugares, pero que piensa que aquí puede llegar más lejos. Menos sueldo, pero más stock options". Porque en Nueva York, Londres... hay mucho más dinero. Pero son lugares tremendamente agresivos, llenos de desconfianza, con una competencia brutal.
"Aquí hay universidades muy potentes y muy buen rollo, mucha gente joven empezando, ingenieros buenísimos, muchos emprendedores... Nos podemos intercambiar un ingeniero, ayudarnos los unos a los otros, ¡somos una red! Una red de gente supercosmopolita de todo el mundo. Si todos crecemos, pues crecemos mucho más. Hay muchísima flexibilidad. Barcelona es el paraíso de las startups. Aquí puedes desarrollarte. Todas las puertas están abiertas. Todo el mundo es accesible y escucha. Te escuchan más que en el propio Madrid. Sólo hay que echarle morro. Además, en Nueva York te mueres de frío y aquí se vive muy bien. Esto es mucho más como San Francisco. En Barcelona puedes encontrar el equilibrio entre trabajo y ocio".
Las startups son empresas pequeñas pero con gran potencial y mucho valor añadido dedicadas a la innovación tecnológica, a aplicarla en la vida cotidiana de la gente. Facebook fue una startup. Google, también, hace mucho tiempo. Las ideas más exitosas acaban solucionando pequeños problemas. Fever pretende cambiar el modo en que la gente hace planes para pasarlo bien: "En Barcelona, en las grandes ciudades, hay un montón de ofertas de ocio, pero luego no sabes qué hacer", cuenta Pep adoptando ahora aires de confiado vendedor. "Sales de marcha y no sabes dónde ha ido la chica que te gusta, en qué garito está la gente que conoces, cuál es la mejor hora para entrar en la discoteca... Luego entras en la discoteca, pagas la entrada, ¡y está vacía! Te pasas la noche preguntándote donde estará ella. Y todo esto lo vamos a solucionar a través del teléfono móvil en unos pocos meses".
Post it de colores y diagramas rellenados en inglés distribuyen el trabajo de cada uno de los ingenieros de Fever. En una de las ventanillas, un pequeño recorte de una fotografía de Sheldon, el protagonista de The Bing Bang Theory, una telecomedia juvenil que está de moda, una sitcom que parodia a un grupo de jóvenes veinteañeros.
Esade avala la idea de Gómez. Por ello la escogió entre un largo centenar y otorgó a Pep la beca Inspiring Young Enterpreneurs. Únicamente se concede una cada año. El curso enseñará a Pep fiscalidad, finanzas, derecho... a desarrollar empresarialmente su proyecto. A optimizar ese millón y pico de euros. A sus padres les parece bien mientras siga estudiando. "Lo que hay que hacer es echarle mucho morro", insiste el chaval. No, no tiene novia.
"Hay mucho dinero ahí afuera, aunque no lo parezca. Y muchos emprendedores con grandes ideas. Pero siempre ha fallado la comunicación. Ahora la gente comienza a entender que lo que hay que hacer es colarse con mucha cara donde está el dinero". Y tener todas las respuestas preparadas, llevar unos buenos power point a los foros de inversión, preguntarse una y otra vez por qué te han dicho que no, reunir un buen equipo, delegar, emocionar con tu idea al inversor...
Una tarde en San Francisco, Pep y un amigo vieron que un jerifalte de Adidas tuiteaba que iba a un encuentro de peces gordos en la Universidad de Stanford. Pep ya había convencido a un despacho de abogados para que le prepararan los papeles de Fever y no le cobraran hasta que captara los primeros inversores. Los adolescentes condujeron cuarenta y pico minutos y con desparpajo se colaron en el encuentro.
Pero la verdad es que allí los peces gordos no les hicieron mucho caso. De modo que se gastaron cincuenta dólares en comprar cien cafés. Y se plantaron en la puerta para ofrecérselos a todos los que salían del encuentro. Así se enteraron de la dirección de la fiesta privada que se celebraría esa noche. Fueron a GAP, lo que viene a ser el Zara de Estados Unidos, y se compraron los trajes de etiqueta más baratos que encontraron.
Aguardaron dos horas en el coche frente a la fiesta en cuestión. Hasta que llegó el autobús de lujo que traía a los peces gordos. Entonces, los adolescentes se colaron entre la multitud, fingiendo que hablaban a través de sus móviles. Sean Parker se dio cuenta de que los chavales con trajes baratos y zapatillas deportivas de colores se habían colado.
Parker es un treintañero excéntrico y multimillonario, uno de los fundadores de Napster, un servicio para compartir música de modo gratuito que desquició a la industria discográfica, que cambió nuestros tiempos. Y uno de los primeros inversores de Facebook. Fue el que le quitó el The a The Facebook y transformó aquella experiencia estudiantil en una de las más rentables empresas de la historia. Lo hizo cuando Facebook aún era una startup. Como Fever ahora. "Le hicimos gracia, nos presentó a todos los peces gordos. Y así empezamos a reunir el primer millón y pico". A tejer su red.

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